9/12/17

UNA AMARGA METÁFORA DEL MAL: LOS PSICÓPATAS

UNA AMARGA METÁFORA DEL MAL: LOS PSICÓPATAS

UNA AMARGA METÁFORA DEL MAL: LOS PSICÓPATAS

gacetaciudadana.com.-ERNESTO RAMÍREZ

Es difícil saber lo que caracteriza a un psicópata. Se podría decir que son depredadores sociales. Saben lo que hacen, entienden la diferencia entre el bien y el mal, pero son incapaces de sentir empatía. Les falta la capacidad de entender que lo que hacen tiene consecuencias emocionalmente devastadoras sobre los demás. No sienten ningún tipo de remordimiento, su conciencia no les dice que han actuado mal.

Los psicópatas suelen ser, normalmente, mentirosos, violentos y a la vez encantadores. Se acogen a las reglas de la sociedad ¿Cómo podemos identificarlos? ¿Podríamos saber si nuestro amigo, nuestro jefe o nuestra pareja es psicópata? Es triste pensar que hasta que no comprendamos que tienen una manera distinta de ver el mundo humano, estaremos condenados a ser sus víctimas.

La psicopatía se presenta bajo más caras que la del típico asesino despiadado. Los psicópatas tienen formas más sutiles de hacer daño que la agresión física y de hecho, los peores de ellos pueden llevar trajes impecables, conducir coches de lujo y ocupar algunos de los puestos más importantes en la política y en la empresa: tu jefe podría ser uno de ellos. Puede ser también tu inofensivo vecino o el compañero de trabajo que jamás rompió un plato. Ese el terrorífico y cotidiano escenario que las noticias nos presentan a menudo: “era muy buena persona, no le hacía daño a nadie”. “Jamás hizo un escándalo”, etc.

Robert Hare,  psicólogo de la University of British Columbia (Canadá) sugiere que, quizá, el 1% de la población mundial es psicópata, y el 15% de la misma son reclusos. El problema es definir lo que significa psicópata. Es como preguntar cuánta gente padece hipertensión arterial, depende de dónde situemos el umbral. Y, tradicionalmente, en la investigación y la práctica de Norteamérica, se define al psicópata como alguien que puntúa 30 de 40 en esta escala de 40 puntos que ha creado, la Psychopathy Checklist Revised (PCL-R). Y si partimos de esto para definir la psicopatía, y no es una definición mágica en absoluto, sino un instrumento de trabajo práctico, entonces alrededor del 1% de la población general lo es…

¿Tenemos todos algún elemento de psicopatía? Es posible, y quizá más en esta sociedad cada vez más neurótica y competitiva, pero es muy poco probable que la palabra todos sea la más exacta.  La psicopatía es una dimensión, así que es cierto que hay grados de psicopatía, pero la inmensa mayoría de la gente puntuaría alrededor de cero o uno en esta escala concreta. Pero una cosa está clara: los psicópatas son incapaces de sentir empatía, de ponerse en el lugar de otra persona. Aunque saben lo que hacen, no sienten ningún tipo de remordimiento, su conciencia no les dice que han actuado mal.

Saben que obran de un modo que la sociedad considera erróneo… entienden las reglas del juego, las conocen perfectamente. Aquí reside la diferencia esencial con el sociópata. La conciencia implica conocer las reglas, pero también sentir que uno debe cumplirlas, y en su caso no es así. Un psicópata entiende las normas y puede ponerse en la piel de alguien intelectualmente o cognitivamente, pero no emocionalmente. En su conducta falta uno de los elementos más importantes de la humanidad, es decir, cómo se pueden sentir los demás. Y esto significa, por supuesto, que pueden actuar sin tener que preocuparse en absoluto de cómo repercuten emocionalmente sus acciones en los otros.

Sin duda siempre son mentirosos, y muchos como dije, parecen encantadores. No todos tienen necesariamente conductas violentas. Para que nos entendamos: el psicópata tiene un repertorio de conductas muy amplio, puede actuar, desempeñar muchos papeles. Si ser encantador funciona, lo es. Si no funciona, quizá te amenace o intente intimidarte. Si tampoco funciona, entonces recurrirá a la violencia. La clave es que todas sus acciones tienen un componente depredador, es como cuando un gato persigue a un ratón. ¡Al gato no le importan en absoluto los sentimientos de su presa! No entran en su conciencia.

El enorme problema de los psicópatas es la incomprensible cantidad de sufrimiento que pueden infligir a la gente y no son verdaderamente conscientes. Este elemento de ausencia de moralidad es lo que los convierte en seres temarios y aterradores. Si pensamos en nosotros como en un ratón y en el psicópata como en un gato, esto explica muchas cosas. Y podemos preguntarnos: ¿es que no se dan cuenta del dolor que están provocando a los demás? No solamente han lastimado físicamente a alguien, además han acabado con los ahorros de toda su vida, con su pensión… ¿es que no entienden que está mal? Pero somos nosotros los que no entendemos que este tipo de personas no piensan ni sienten como nosotros. Y hasta que no comprendamos que tienen una manera distinta de ver el mundo, el mundo humano, desgraciadamente estaremos condenados a ser sus víctimas.

Seres sociales que son antisociales

Definir a los psicópatas como depredadores sociales también explica, hasta cierto punto, dónde podemos encontrarlos. Están dondequiera que haya una oportunidad de algún tipo. Si alguien nace y se cría en una familia que valora las actitudes delictivas, hurta y roba y hace cosas malas, un psicópata será un buen alumno: aprende muy rápido, y probablemente acabe en la cárcel. Si nace en una familia distinta, una familia de abogados, médicos… sabe cómo vestir, cómo hablar, va a las mejores escuelas… y a la vez tienes esos rasgos de la personalidad, es decir, mientes fácilmente, engañas, no te importan los demás… habla muy bien, entonces probablemente acabe en otro sitio sin que se descubra fácilmente su anomalía y se convierte en una amenaza pública soterrada. Podría ser un político, o ejercer la abogacía. O incluso un maestro de escuela. Podría ser cualquier profesión en la que, gracias a su posición, pueda ejercer poder y controlar a los demás.

¿Y qué hacemos, entonces?  ¿Cómo sabemos que nos enfrentamos a alguien que supone una amenaza personal? Normalmente no sabemos que nos enfrentamos a un psicópata, pero sí que tienes un problema grave. Por ejemplo, una mujer cuyo marido la maltrata, se va con otras, no se ocupa de la familia… ¡sabe que hay algo que no funciona nada bien! Quizá no utilice el término psicópata, porque no lo conoce, y muchos terapeutas, médicos, psiquiatras, le dirán que la psicopatía es un mito, que no creen en ese concepto. Y la pobre mujer sólo podrá decir: vaya, me enfrento a un mito, ¡pero ese mito me pega una paliza cada noche! Es algo muy extraño. Lo único que podemos hacer, parece, es informar y denunciar sin temor al público de que hay individuos así, y que funcionan de esta manera, y tal vez podamos hacer algo para evitar que hagan daño. Pero el problema es grave, porque por lo general la víctima no tiene manera de resolverlo. La policía muchas veces no ayuda, los terapeutas tampoco… ¡a veces los amigos creen que es la mujer la que tiene el problema! O, si la psicópata es la mujer, creen que el problema es el hombre…

Para identificarlos hay algunos elementos antisociales, afectivos, personales o de estilo de vida recurrentes, o claramente marcados. La dificultad por ejemplo, en la esfera interpersonal es que son superficiales, grandilocuentes… o son modestos, pueden ser todas estas cosas en momentos diferentes. Hay que pensar en ellos como si actuaran sobre un escenario: adoptarán el personaje que más les convenga para la situación. Los que lo analicen con detenimiento verán que esa actuación no es demasiado buena, sino puro juego sucio; pero la gran mayoría no tendrá el tiempo o la energía para ir más allá de la fachada. Creerá que la persona es lo que aparenta… habla muy bien, te dirá que tiene mucho dinero, que hará cosas fantásticas por ti… y por supuesto nunca sucede… pero no solemos ahondar tras la superficie. Es como si el fondo fuera menos importante que la forma.

Los políticos son expertos en eso. Más de una vez me he planteado qué pasaría si un político dijera la verdad, y solamente la verdad, e intentara que le eligieran de ese modo… Sería muy difícil. Además, creo que en la política y en el póquer hay que mentir, engañar: es parte del juego. No estoy diciendo ni mucho menos que todos los políticos sean psicópatas; pero si yo fuera un psicópata, si tuviera todas las habilidades sociales necesarias, supiera qué hay que hacer… ¡quizá lo intentaría con la política, porque las oportunidades están ahí!

Otro factor recurrente para su posible identificación es que el estilo de vida de la mayoría de los psicópatas consiste en buscar nuevas oportunidades, nuevas sensaciones. Buscan estímulos porque se aburren con muchísima facilidad. Por eso, normalmente no trabajan en el mismo sitio durante demasiado tiempo, no se pasan muchos años en una pequeña empresa con el objetivo de llegar a dirigirla, lo que hacen es buscar otras oportunidades en lugares más grandes en los que saciar sus ansias. Tienden a ser bastante impulsivos, pero de una manera controlada, cambian de trabajo rápidamente. No necesariamente se lían a puñetazos, aunque podrían hacerlo, pero normalmente no lo hacen: buscan nuevas cosas por hacer. Y no es lo mismo que con los paracaidistas o los escaladores que asumen muchos riesgos… Esta gente lo ha planeado todo, sabe cuáles son los riesgos, y ha decidido que lo que les toca es asumir el riesgo e intentar superarlo. Los psicópatas lo hacen de una manera natural, asumen riesgos, pero por lo general lo hacen a costa de otra persona. Si él pierde, tú pagas por ello. O la sociedad paga por ello.

Por otro lado, son antisociales en el sentido de que no se acogen a las reglas de la sociedad. Gran parte de su conducta podría considerarse legal (y a menudo lo es) porque saben operar dentro de los límites de la ley, pero donde mejor se mueven es allá donde los límites son flexibles. Pensemos en una organización de nueva creación, o en la desintegración de la Unión Soviética, cuando sobrevino el caos… ¿qué pasó entonces? O pensemos en la antigua Yugoslavia… cuando todo se viene abajo, cuando las antiguas reglas dejan de ser aplicables, entonces, moviéndose con agilidad en el escenario, sintiéndose en su salsa, tendremos a un psicópata aprovechándose de la situación. Lo mismo pasa con las empresas y las multinacionales. Si impera el caos, si las reglas son poco claras, flexibles, el psicópata saldrá adelante extremadamente bien.


El origen

La psicopatía es una alteración grave de la estructura de la personalidad que puede ser únicamente de origen genético pero siempre hay condicionantes socioculturales que la detonan, la desarrollan o la disparan. Son ambas cosas, aunque según los especialistas probablemente los genes influyen más que el entorno. Este debate ha estado vigente durante mucho tiempo, y seguirá estándolo, especialmente en este ámbito, porque la pregunta que se hace la gente es: ¿el psicópata nació malvado o se volvió malvado? Y la respuesta es una combinación de ambas cosas. No existe un gen para la psicopatía… Con el tiempo, quizá encontremos una combinación de genes que expliquen la conducta, pero lo que sí tenemos son buenas pruebas científicas de que hay factores genéticos muy fuertes que entran en juego.


Leyes y culpabilidad

Hay muchas otras cosas y problemas que se deben a componentes genéticos. Por ejemplo la inteligencia. Hay personas que, por naturaleza, no son muy listas, pero seguimos responsabilizándolas de sus actos, entienden las reglas del juego. Lo mismo sucede con la psicopatía. Esto se ha debatido varias veces por ejemplo en Estados Unidos, y el argumento que se esgrime es que los psicópatas no juegan con todas las cartas, porque les falta algo, les falta la capacidad de entender que lo que hacen tiene consecuencias emocionalmente devastadoras sobre los demás.

Y hay quien dice: “bueno, quizá no sean responsables, porque carecen del componente emocional”. Pero ese argumento no ha prosperado, y la ley, en Estados Unidos por lo menos, dice que si conoces las reglas del juego, y sabes distinguir el bien del mal, entonces puedes ser procesado, eres responsable de tus actos. A un psicópata se le da muy bien intentar utilizar un argumento en el que te dirá: “no es mi culpa. Yo nací así, es culpa de los demás, es culpa de la sociedad”. Pero no es verdad: toman sus propias decisiones.

Ahora los hemos identificado, más o menos. Cometen un delito o un crimen y los ponemos en la cárcel. ¿Pero entonces qué hacemos después para pensar en su rehabilitación o posible curación? Según Roger Hare, normalmente lo que hacemos no es lo adecuado. Para los delincuentes y criminales, existen programas de tratamiento o programas conductuales, e intentamos que todos obedezcan las mismas reglas utilizando las mismas técnicas.

Pero con los psicópatas no funciona, porque la mayoría de estas técnicas se basan en la emoción, la capacidad de experimentar ansiedad, miedo, remordimientos… todas tienen bases emocionales. Y con un psicópata es un método equivocado. Si le dices a un psicópata: “lo que haces está poniendo en peligro a otras personas, les estás haciendo daño, tienes que cambiar”, te dirán: “¡de acuerdo, cambiaré!” Pero será una respuesta superficial, solamente palabras, porque en su fuero interno esa persona pensará: “¿y por qué debería cambiar?” “Yo estoy bien”.

Según este especialista lo primero que deberíamos hacer es desconfiar muchísimo de todos los psicópatas que de repente afirmen sentir empatía. Es imposible que cambien su esencia de la noche a la mañana, por mucho que utilicen las palabras adecuadas, y digan: “estoy curado, he encontrado a Dios, he encontrado a Cristo, ahora sí que sé lo que estoy haciendo”. Hay que hacer caso omiso de afirmaciones así, porque lo que cuenta son los actos.

Y, por otro lado, es importante convencerles de que pueden beneficiarse si cambian un poco su conducta. Es decir, que va en su propio interés cambiar, no mucho (porque no van a cambiar mucho) pero sí hasta cierto punto. Decirles que se meterán en menos líos, o que pasarán menos tiempo en la cárcel del que pasarían si no cambiaran.


¿Hay más psicópatas que antes?

Es enormemente difícil saberlo. Y cuanto más investiguemos en el pasado más difícil será por la ausencia documental y sobre todo porque la psicopatía es un problema de muy reciente conceptualización. Pero todo funciona por ciclos. Por ejemplo, si nos remontamos a la Baja Edad Media europea, cuando proliferaban las ciudades-estado, cada pueblo era un estado, y eso a menudo entrañaba guerras, asesinatos, saqueos, violaciones constantes… y, por supuesto, allí encajaba perfectamente el psicópata… de hecho, por aquel entonces el psicópata probablemente se consideraba un verdadero “héroe” disfrazado de patriota.

Creo que lo mismo sucede ahora: hay muchas situaciones en las que los psicópatas realmente pueden prosperar… Uno de los problemas que tenemos ahora es que, como sociedad, a través de las películas y la televisión, lo que hacemos en cierta medida es promover de alguna manera el estilo de vida psicópata. Estamos transmitiéndole a una nueva generación -desde que explotó el género artístico de los asesinos seriales- que así es como se hacen las cosas, y que además es fantástico… es ser eficaz y es ser “chingón” como dicen en México. Personajes de ficción -e incluso relatos basados en personajes reales– como Hannibal Lecter (Silent of the Lambs) o John Doe (Seven) se convierten, a nuestro pesar, en impactantes modelos y referencias culturales que despiertan incluso fascinación por su complejidad, sofisticación y perversión sádica.

En el cine, los videojuegos y la televisión, el principal ingrediente es la violencia. Y se trata de violencia depredadora: violencia a sangre fría, sin pasión, se actúa contra los demás sin ningún tipo de preocupación por ellos, sin sentimientos de remordimiento o de culpabilidad. ¡Y los niños lo ven! ¡Los jóvenes lo ven! Y gran parte de este material se convierte en un modelo a imitar: un potencial “guión” sobre cómo actuar. Obviamente tal vez les cueste comportarse así, pero con el tiempo aprenden: aquí lo cultural es lo determinante, no los genes.

Robert Hare nos da un interesante ejemplo de esto. “En Estados Unidos, hace 10 o 15 años, hubo un periodo en el que los jóvenes de 14 o menos años, solían reunirse en grupo y pegarle una paliza a otro muchacho. Le pegaban patadas, le acosaban, le humillaban. En Canadá nunca había pasado nada similar hasta que apareció en la televisión. Al cabo de dos o tres meses, ya teníamos casos frecuentes de acoso escolar -o como le dicen ahora bullying– palizas, humillaciones… se había convertido en un modelo para los niños. Por eso creo que lo que sucede ahora en nuestra sociedad es que el número de casos de la psicopatía tal vez no esté aumentando (aunque quizá sí, no estoy seguro), pero sin embargo a un psicópata le resulta mucho más fácil expresarse que antes, porque lo que antes se consideraba poco ético, inmoral o antisocial ahora se convierte en la norma. Pasa a estar bien. Todo se reduce a pensar, ante todo, en uno mismo”.


Tipología del psicópata

Hay, al menos, cuatro subtipos diferentes de psicópatas. La distinción más antigua entre los tipos primario y secundario fue realizada por Hervey Cleckley ya en 1941.

Los psicópatas primarios: no responden al castigo, a la aprehensión, a la tensión ni a la desaprobación. Parecen ser capaces de inhibir sus impulsos antisociales casi todo el tiempo, no debido a la conciencia, sino porque eso satisface su propósito en ese momento. Las palabras no parecieran tener el mismo significado para ellos que el que tienen para nosotros. En realidad, no se sabe si llegan a comprender el significado de sus propias palabras, una condición que Cleckley llamó “afasia semántica.” No siguen ningún proyecto de vida, y parece como si fueran incapaces de experimentar cualquier tipo de emoción genuina.

Los psicópatas secundarios son arriesgados, pero son individuos también más proclives a reaccionar frente a situaciones de estrés, guerreros, y propensos a la culpabilidad. Se exponen a más estrés que la persona promedio, pero son tan vulnerables al estrés como la persona promedio. (Esto sugiere que no son “completamente psicopáticos.” Puede ser debido a variaciones genéticas distintivas). Son gente audaz, aventurera y poco convencional que comenzó a establecer sus propias reglas de juego a temprana edad. Son conducidos fuertemente por un deseo de escapar o de evitar dolor, pero también son incapaces de resistir a la tentación. A medida que su ansiedad aumenta hacia un cierto objeto prohibido, su atracción hacia ella también se incrementa. Viven sus vidas dejándose llevar por el aliciente de la tentación.

Tanto los psicópatas primarios como los secundarios están subdivididos en:

Los psicópatas descontrolados: son la clase de psicópatas que parecen enfadarse o enloquecerse más fácilmente y más a menudo que otros subtipos. Su frenesí se asemejará a un ataque de epilepsia. Por lo general son también hombres con impulsos sexuales increíblemente fuertes, capaces de hazañas asombrosas con su energía sexual, y aparentemente obsesionados por impulsos sexuales durante la gran parte de su vida que pasan despiertos. También parecerían estar caracterizados por ansias muy fuertes, como en la drogadicción, la cleptomanía, la pedofilia, cualquier tipo de indulgencia ilícita o ilegal. Les gusta la endorfina “alta” o “acelerada” del entusiasmo y de la toma de riesgos. El violador y asesino en serie conocido como el Estrangulador de Boston era un psicópata de este tipo.

Los psicópatas carismáticos: son mentirosos encantadores y atractivos. Por lo general están dotados de uno u otro talento, y lo utilizan a su favor para manipular a otros. Son generalmente compradores, y poseen una capacidad casi demoníaca de persuadir a otros para que abandonen todo lo que poseen, incluso hasta sus vidas. Los líderes de sectas o de cultos religiosos, por ejemplo, podrían ser psicópatas si conducen a sus seguidores a causar su propia muerte. Este subtipo llega a menudo a creerse sus propias ficciones. Son “irresistibles”.

A pesar de que el psicópata tiene gustos y preferencias, y afición por los placeres que la compañía humana puede traer, el análisis demuestra que es totalmente egocéntrico, y que valora a los otros solamente porque aumentan su propio placer o mejoran su estatus. Mientras que él no brinda ningún amor verdadero, es absolutamente capaz de inspirar amor a veces hasta fanático en los demás.

Es por lo general superficialmente encantador y da muy seguido una impresión llamativa de poseer las cualidades humanas más nobles. Se hace de amigos fácilmente, y es muy manipulador, con su habilidad de palabras para salirse con la suya de cualquier apuro. A muchos psicópatas les encanta ser admirados y se regodean cuando los demás los adulan. La carencia de amor trae también aparejada la carencia de empatía. El psicópata es incapaz de sentir lástima por otros en situaciones desafortunadas o de ponerse en el lugar de otra persona, sin importar que haya lastimado o no a esta última.


La lista original de Cleckley de los síntomas de un psicópata:
  • Un encanto superficial considerable y una inteligencia promedio o por encima de la media.
  • La ausencia de ilusiones y otros signos de pensamiento irracional
  • La ausencia de ansiedad u otros síntomas “neuróticos”. Une equilibrio considerable, tranquilidad, y facilidad de palabra.
  • La inconstancia. Desatiende sus obligaciones sin sentido alguno de responsabilidad, en asuntos de pequeña o de gran envergadura
  • La falsedad y la falta de sinceridad.
  • Un comportamiento antisocial que es inadecuadamente motivado y mal planeado, pareciendo provenir de una impulsividad inexplicable.
  • Un mal juicio y problemas para aprender de las experiencias.
  • Un egocentrismo patológico. Un auto-centrismo total y la incapacidad de amar realmente y de formar lazos.
  • Una carencia generalizada de emociones profundas y duraderas.
  • La falta de real perspicacia, la incapacidad de verse a sí mismo como otros lo hacen.
  • La ingratitud hacia cualquier consideración especial, de bondad o de confianza.
  • Una conducta fantástica y objetable, después de beber y a veces aún cuando no esté bebiendo (vulgaridad, ordinariez, cambios rápidos de ánimo, bromas).
  • Ningún historial de verdaderos intentos de suicidio.
  • Una vida sexual impersonal, trivial y mal integrada.
  • El fracaso en tener un plan de vida y en vivir de una manera ordenada, a menos que promueva la auto-derrota.
Pues así las cosas. Indudablemente, es trágico que existan seres humanos tan enfermos y a la vez tan aparentemente “funcionales”. Pero hemos de convivir con ello y la solución no radica en apoyar un estado ultra-policíaco o panóptico -aunque sí una mayor profesionalización y capacitación psicológica, administrativa y por supuesto un verdadero compromiso ético-jurídico- de las autoridades y fuerzas del orden público. Tampoco se trata de resignarse a supuestos designios divinos o diabólicos que impulsan a estos sujetos a la vejación de forma inevitable. Siempre hay un móvil, una razón, o varias, aunque nos resulte intolerable o incomprensible.

Como siempre, y como ya he comentado en este portal para otras problemáticas de la vida, una sociedad consciente, ética y moralmente educada que se preocupe más por el bien común, la solidaridad, y sea comprometida por ejercitar la comprensión y la compasión hacia el sufrimiento ajeno y no por la exclusiva satisfacción de las necesidades egoístas que alimenta este sistema deshumanizante y habitualmente cruel, será un entorno muchísimo menos propicio e inarmónico para la proliferación del dolor causado por individuos tan desequilibrados como son los psicópatas.

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