22/6/17

El día en que conocí a un psicópata

El día en que conocí a un psicópata


animalconpalabras.net

Espero no decepcionar a los lectores con esta descripción, pero su imagen nada tenía que ver con la de un asesino serial o un desquiciado mental salido de una película de terror. Todo lo contrario: vestía impecablemente, con una sonrisa irresistible como parte invariable de su amable aspecto, y caminaba con una seguridad determinante e imponente. Tenía una mirada un poco excéntrica – eso sí – capaz de capturar en un instante a los ojos más rebeldes que negaran su presencia.

A simple vista, no podría sospechar de la personalidad tan perversa que se ocultaba tras su falsedad. En cambio hoy, recuerdo todos esos rasgos de su comportamiento que nítidamente gritaban que algo no era normal en él.

La primera vez que sentí una opresión incómoda en el pecho, fue el día en que me dijo que odiaba a todos los animales; sencillamente no encontraba querencia alguna hacia un tipo en especial. Le pregunté si de niño había crecido en su pueblo viendo vacas, gallinas o caballos, y fríamente me respondió que sí… y que además de crecer con ellos, le gustaba torturarlos. Ante mi cara de asombro y pánico rectificó de inmediato insinuando que era una broma. Debí de haber desconfiado, pero no lo hice.

Recuerdo que hubo otro día en que estábamos en cierto lugar, cuando ingresó una persona con la que yo había salido mucho tiempo atrás, y a quien no tengo ningún problema en saludar de manera cordial. Después de un corto abrazo el ex novio siguió su camino, él observaba y luego me dijo que yo nunca presenciaría una escena así con alguna de sus anteriores parejas, pues todas sus relaciones habían terminado mal, terriblemente cargadas de odio. No me pareció normal. Debí de haber sospechado. Debí de haberlo cuestionado, pero no lo hice.

Casualmente, una vez me comentó que no había acumulado ni un solo amigo a lo largo de su vida. Ante mi expresión de extrañeza y asombro, decidió humedecer sus ojos alegando que continuamente ha sido incomprendido, y que solamente a pocas personas puede abrir su corazón. Yo era una de ellas, ¡qué privilegio! Le di un beso. Debí de ahondar en sus memorias, pero no lo hice y le di un tierno beso de consuelo para prevenir el eventual derrame de lágrimas falsas.

En otra ocasión yo le contaba acerca de una circunstancia muy triste por la que estaba pasando una amiga. Él me escuchaba evidentemente aburrido, desinteresado…reflejando lo que ahora sé que era un gesto de desprecio. Le pregunté si no le parecía lamentable la historia, a lo que respondió con la expresión más fría que jamás haya visto: “No. Pienso que se merece que le pase eso y más porque pareciera ser una persona sumamente estúpida”. Tuve que haberle reclamado que esa no es una forma natural de reaccionar; tuve que haberle insistido en que me explicara por qué es tan arrogante e incapaz de sentir la más mínima empatía por nada. Debí de haberlo hecho, pero no lo hice… me quedé callada y temerosa.

Luego todo comenzó a cambiar. De repente me parecía que no teníamos absolutamente nada en común, contrario a lo que yo creí haber sentido en aquellos primeros días cuando estaba obsesionado por conquistarme. Inesperadamente, me daba la impresión de que ni siquiera le gustaban los mismos libros y canciones que a mí, ni tampoco le gustaba demasiado estar conmigo. Su estrategia consiste en hacerte creer que es lo que siempre soñaste en conocer y luego personifica ese ideal como todo un experto, se adapta a lo que sea de conveniencia con tal de sostener el engaño.

Conforme pasaron las semanas, el hombre divertido, encantador y detallista, se fue convirtiendo en alguien completamente desconocido para mí. Sus suaves y halagadoras palabras se transformaron en reclamos absurdos, en burdas mentiras, exigencias fuera de control y en la forma más vil de manipulación. Le encantaba torturarme psicológicamente; atacaba esos puntos débiles que le permití descubrir en mí. Me encontré excesivamente vulnerable. Demasiado pronto y muy hábilmente logró, de la forma más sutil, penetrar hasta lo más profundo de mi alma, ahí en donde habían heridas y aspectos muy sensibles de mi vida. No sé en qué momento consiguió tomar la fragilidad de mi ser… esa parte susceptible en donde podemos quebrarnos fácilmente. Me hizo pedazos. No puedo ni siquiera ahondar en los detalles de los mandatos que él imponía y que yo tuve que obedecer.

Cuando caí en cuenta, ya era un poco tarde. Él actuó utilizando sus mejores movidas para llegar al extremo de desestabilizarme emocionalmente. Me había drenado toda mi energía e incluso en varias ocasiones alguien me dijo que parecía como si hubiera dejado de vivir, como si hubiera perdido la capacidad de brillar. No sé por qué no fui consciente del instante en que me vi envuelta en la peor relación que haya vivido. Sinceramente, no comprendía bien la razón por la que lloraba todos los días.  Sí sé que cada vez comencé a tenerle más miedo, y al mismo tiempo llegué a creer que estaba loca y que era yo la responsable de causar los cambios radicales de su temperamento. Entonces la víctima era él, y yo la que le hacía daño. Yo era la culpable porque le reclamaba que por favor dejara de atormentarme; que no me llamara más si no era capaz de parar; de contenerse de llevarme al límite de la locura.

Esos días fueron un verdadero infierno. ¿Cómo alguien puede hacerte cambiar de sentimientos en un pestañeo? Su poder de manipulación es del más alto nivel que alguien pueda imaginar. Mientras escribo esto, no puedo evitar reprocharme el haber llegado a caer tan bajo en los brazos de alguien así. Mas he leído mucho acerca de este tema: los psicópatas son tremendamente hábiles en engañar a la gente con la que se encuentran en el camino, con tal de lograr sus objetivos personales y egoístas: ya sea disfrutar del simple placer sexual, escalar a una posición de autoridad, satisfacer alguna necesidad material, entre muchas otras razones.

Es impecable su capacidad de fingir ser alguien que no es, con tal de obtener lo que se le antoje. Una vez que adquiere lo que buscaba, generalmente se aburre, y es ahí cuando sale a relucir el monstruo que realmente es: un ser humano incapaz de amar, ni de experimentar sentimientos sanos reales; un sujeto problemático que carece de culpa o remordimiento por las consecuencias de los desastres que provoca. Aquella sonrisa desaparece para siempre; en su lugar, se instala una mueca de furia constante. Su andar ya no es seductor ni atractivo…es implacable, narcisista y agresivo. Su agradable forma de conversar y esa manera extraordinaria de hacer reír a los demás, dejó de existir. Ahora él es despiadado y cruel; brutal para matarte lentamente con frases y actos que dispara sin asco hacia donde sabe que más duele. Es despiadado e inhumano, inflexible, controlador y desalmado. No tiene visión de futuro, no es capaz de hacerse responsable de nada.

Y después, cuesta tanto huir de su lado. Tanto, tanto, tanto…No porque ansiara el maltrato psicológico, sino porque el psicópata vocifera amenazas y construye trampas detestables para que su víctima no pueda escapar. A mí me mantuvo bajo intimidación constante, en un estado de vigilancia eterna y de acoso incesante. Él necesita mantener a su presa en total sumisión y dependencia, porque generalmente los individuos de este tipo, carecen por completo de seguridad en sí mismos, y ese vacío lo disimulan muy bien por medio del dominio que necesitan ejercer sobre otros. Además, usualmente pueden detectar con gran precisión el tipo de personalidad que es más factible de atrapar.

Mi “desacierto”, fue tener un corazón siempre dispuesto a entregarse por los demás, sumado a una sensibilidad extrema en una escala muy alta de empatía humana. Le di la oportunidad de conmoverme ante sus (fingidos) sueños, anhelos, temores y deseos…y, se acercó demasiado.

Todavía me pregunto cómo pude vivir esta pesadilla, teniendo a mi favor el don de la intuición. Pude haberlo visto venir…¿cómo pude dejarme seducir tan superficialmente? Ya no importa, ya pasó, todo acabó. Tal vez esta experiencia tenía que ser parte de mi pasado con la esperanza de que pueda alarmar a otros a no caer en lo mismo. O quizás, si a alguien se le ha activado una alerta de preocupación al leer esto, podría ayudarle a entender que aún no es tarde para escapar de quien se deleita en destruirle la existencia. No es sencillo, pero es posible.

Es indispensable hasta donde se pueda, evitar cualquier contacto e ignorarlo firmemente sin responder a sus tácticas desesperadas. Mantenga igualmente, la mayor distancia posible. Esto también lo aprendí: generalmente, el psicópata se amedrenta de inmediato cuando su víctima se empodera y recupera su libertad y fortaleza.  Al verse expuesto o confrontado, éste suele convertirse en un cobarde insignificante.

Ha pasado suficiente tiempo desde el día en que lo conocí y desde el día en que me aparté. No voy a mentir: años después, aún quedan lesiones, pero poco a poco van terminando de sanar. Esta es la primera vez que me permito escribir o hablar del tema, sin temor ni vergüenza. No pienso callar todo lo que debí de haber dicho y no dije. Es de las experiencias devastadoras de donde vuelve a emerger la integridad y la determinación del carácter, para dar espacio nuevamente a esa luz que nadie te puede apagar.



Según el Manual de Diagnóstico de Psiquiatría, la Psicopatía se encuentra dentro de los Trastornos de Personalidad, como un TRASTORNO ANTISOCIAL DE LA PERSONALIDAD. Dentro de esta categorización, podemos encontrar un amplio espectro y por lo tanto, grados diferentes de manifestación, desde “el criminal”, hasta una persona aparentemente integrada al entramado social, que trabaja, estudia, tiene hijos, familia. Pueden ser compañeros de trabajo, de estudio y esto los hace especialmente peligrosos ya que el otro, posible víctima, se encuentra más vulnerable porque no hay señales externas que alerten y permitan una actitud defensiva.La característica principal de estas personas es que tienen anestesia afectiva, no sienten culpa, por lo tanto, ellos no son los que sufren, pero sí las personas de su entorno.
 

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